jueves, 26 de agosto de 2010

Matar a un ruiseñor-Harper Lee


Cuando lo agarré en el estante de promociones de libros a 10 BsF no tenía idea de la joya que me estaba llevando. Sabía, sí, gracias a San Google, que era un clásico de la literatura norteamericana, que durante años había sido lectura obligatoria en las escuelas de ese país, que su autora había ganado un Pulitzer, que no había escrito ningún otro libro, que la película ganó dos premios Oscar -uno de ellos a mejor guión- y etc, pero jamás me esperé que fuera la maravilla que leí.

De lectura fácil, Matar a un ruiseñor me atrapó de una y devoré con insaciable hambre sus 410 páginas en cuestión de día y medio, cosa que hace tiempo no sucedía. Pero además de engancharme, logró hacerme reflexionar, pensar, meditar a la vez que sentir rabia, compasión, nostalgia y otra amplia gama de emociones. Toda una experiencia de libro.

La historia se encuentra ambientada en los años duros de la Gran Depresión y las acciones tienen lugar en Maycomb, un condado ficticio de Alabama, al sur de los Estados Unidos, lugar racista por excelencia. Todo es narrado por Jean Luise Finch, alias Scout, una niña de seis años, huérfana de madre, que vive con su padre, Atticus Finch, su hermano Jen y una sirvienta negra de nombre Calpurnia.

El plato fuerte lo constituye el juicio a Tom Robinson, un hombre negro acusado falsamente de violar a una mujer blanca de nombre Mayella Ewell. Atticus Finch acepta el nombramiento como abogado defensor del acusado, lo que por un lado le trae un sinfín de problemas con casi todo Maycomb, cuyos habitantes, cargados de prejuicios raciales, condenan que se defienda la inocencia de un hombre de color; pero que por otro lado le sirve como oportunidad extraordinaria para darle una lección de integridad a sus hijos y al pueblo.

La parte del juicio es memorable, tanto por la descripción de todo el proceso, el interrogatorio, las deliberaciones, así como por la atmósfera de tensión que logra construir Lee en torno a la decisión del jurado y, sobre todo, por la calidad de los alegatos y argumentos que esgrime Atticus en su discurso final. Hay párrafos grandiosos acerca del racismo, la igualdad y la justicia, por ejemplo:

“Hay una cosa en este país ante la cual todos los hombres son iguales; hay una institución humana que hace a un pobre el igual de un Rockefeller, a un estúpido igual que un Einstein y a un ignorante igual que un director de colegio. Esa institución, caballeros, es un tribunal”

“Caballeros, un tribunal no es mejor que cada uno de ustedes, los jurados que están sentados delante de mí. La rectitud de un tribunal llega únicamente hasta donde llega la rectitud de sus jurado, y la de un jurado llega solo hasta donde llega la de los hombres que lo componen”

Sin embargo, la rectitud de los hombres que lo componen no es tan firme como uno desearía y se termina cometiendo la injusticia. A los ojos de Scout: “en los tribunales secretos de los corazones de los hombres, Atticus no tenía ninguna posibilidad. Tom era hombre muerto desde el momento en que Mayella Ewell lo había señalado con el dedo". Cosa que él le explica a su hijo de la siguiente manera: “El sitio donde un hombre debería ser tratado con mayor equidad es una sala de justicia, cualquiera que fuera su color; pero la gente no es capaz de dejar fuera del recinto del jurado sus resentimientos y prejuicios"

En esta parte encontré un paralelismo bárbaro con la Venezuela “revolucionaria” en la que me ha tocado vivir. Así como allá el dedo de Mayella Ewell bastaba para sentenciar de antemano a Tom Robinson, acá también el dedo acusador y todopoderoso de Chávez basta para sentenciar injustamente, y que lo diga Maria Lourdes Afiuni. Y así como allá el color negro era una condena adelantada, acá el tener un color distinto al rojo lo es también. Situaciones que desgraciadamente se terminan repitiendo.

Aparte del de la justicia, la niñez es otro aspecto que brilla con maestría. Como ya dije, todo el libro es narrado desde la perspectiva de una niña de seis años que se mueve entre la inocencia y las ganas de saber. Ella, su hermano Jen y Dill, un joven que va para allá de vacaciones y cuyo personaje está inspirado en Truman Capote, con quien Lee compartió en la infancia, forman un trío de amistad y complicidad incondicional para llevar a cabo las más variopintas aventuras. Sin embargo, como la historia se desarrolla durante casi tres años quedan en evidencia los cambios que van sufriendo todos, pero en especial Jen, a quien el carácter se le vuelve irritable, el ego y las ganas de demostrar que sabe más que nadie se le suben y el hambre se le dispara. Se vuelve también más responsable, y deja de ser el cómplice incondicional que avalaba todo.

Lo que significa crecer lo resumió Lee con una frase sencilla, simple si se quiere, pero que me llegó. Sucedía casi al final del libro, pasado ya tres años, cuando los hermanos van caminando juntos de noche rumbo a la escuela y Jen le pregunta a Scout si todavía le tiene miedo a los fantasmas, cosa que ella niega. A partir de allí surge la siguiente reflexión:

"Fantasmas, fuegos fatuos, encantamientos, signos secretos, todo se había desvanecido con el paso de los años"

La cual me hizo sentir cierta nostalgia por aquellos tiempos en los que uno creía en cosas así. Si algo refleja el paso de los años y la llegada de la madurez, eso es la pérdida de esas creencias. La racionalización del pensamiento en detrimento de la imaginación como consecuencia inexorable del paso del tiempo es lo que condensa la frase. La pérdida de ese mundo de lo posible en el que cualquier cosa podía pasar, que es una manera simbólica de representar la inocencia de la niñez, está representada en esas palabras, que describen algo por lo que todos hemos pasado.

Ya para el final quería dejar a Atticus Finch, un hombre de principios, recto, honesto, justo y correcto. Abogado ejemplar, padre abnegado y sabio maestro. Un Quijote americano y cuerdo. La mayoría de sus intervenciones están cargadas de ejemplarizantes lecciones. Todo un modelo no de lo que es políticamente correcto, ya que esto podría sonar a hipocresía, sino de lo que es auténtica y verdaderamente correcto. Un hombre que actúa según lo que le dicta su conciencia –“la única cosa que no se rige por la regla de la mayoría es la conciencia de uno”, le dice en una ocasión a su hijo- y que aún sabiendo que tiene un caso perdido, decide tomarlo y defenderlo porque es lo correcto. Precisamente esa es otra de sus grandes lecciones:

“Uno es valiente cuando, sabiendo que la batalla está perdida de antemano, lo intenta a pesar de todo y lucha hasta el final pase lo que pase. Uno vence raras veces, pero alguna vez vence”

Y Atticus, entre otras cosas, lo era.

En fin, un libro inolvidable, de esos que hay siempre que tener en la biblioteca. Una auténtica joya para leer y releer, para pensar y reflexionar, para reír y llorar. Un libro perfecto, que no deja a nadie indiferente.

FICHA TÉCNICA
Matar a un Ruiseñor
Harper Lee
Ediciones B
2006
410 pág

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